Manzanares, El Hijo Que Dejó De Serlo

Nunca entendí el porqué alzar la voz para defender al toreo, precisamente porque siempre he estado convencido de que al toreo lo defiende mejor que nadie el propio toreo. Ese rito romántico, místico e incluso a veces hasta quijotesco, en el cual la audacia de un hombre se enfrenta con honor y valentía a la fuerza primitiva de un animal bravo, está por encima de cualquier manifestación tanto política como cultural. Es por ello que el toreo es un arte universal; inclusive, sería justo decir que por ser un constante cruce entre razón y muerte, el toreo pasa a ser por su trágico dramatismo el arte entre las artes; no una estrella ni un planeta, sino el universo mismo. Claro, que ese universo ha sido creado por unos cometas que han sido claves no sólo para crear unas normas llamadas clásicas, sino más allá, evolucionar a partir de ellas, creando un rico hontanar de aguas cristalinas de donde próximas generaciones han de beber. Son ellos, los toreros clásicos, esos que son naturaleza misma: Belmonte y Gallito, Manolete después y hasta llegar a Ordóñez, Bienvenida y Paula; quienes a través de sus esotéricas personalidades han sublimado este universo de la tauromaquia. Pero incluso, con la importancia de los citados, el toreo está por encima de ellos, pues el toreo como expresión no pertenece a nadie en concreto, ni es esclavo de unos nombres, ni siquiera es fiel a una época concreta, pues el toreo es, en esencia, libertad.
Aparece sólo cuando quiere, no obedece a banales súplicas; no basta con el toro ni basta con el torero... se precisa concepto y espíritu. Algo así como lograr que el ángel y el demonio vuelen al unísono sin quemarse entre perdones y pecados. No, no ocurre mucho... ni poco, más bien ocurre cuando debe ocurrir. Así ocurrió esta pasada feria de Sevilla de la mano de un hijo que ha dejado de serlo de su padre. Y no lo digo, claro está, por lazos sanguíneos, pues esos son perennes, sino como revelación artística en la cual el hijo de un gran padre un día deja de serlo para sólo ser él mismo. Alcanzó pues, ese hijo que dejó de serlo, la cúspide de sus propios sueños de niño, para ser la realidad del hombre. Le bajó en su faena de muleta su espíritu santo, besado por los aires rondeños; quizás ese mismo espíritu, que aunque siempre le perteneció, ni él mismo sabía que poseía. Le bajó como regalo del destino y como mirada placentera de su ángel, pues logró y cuajó con la franela ese trance espiritual casi, en el que el torero olvida su cuerpo para conseguir abandonarse de sí mismo. Y lo logró, claro está, gracias a él mismo y a ese colaborador fundamental que fue el toro. Pero no cualquier toro, sino su toro, ése que el destino le deparaba ya cuando la vaca madre fue escogida para procrear en un tentadero al alba en la dehesa. Un toro noble, con clase, boyante y, sobre todo, bravo. Cierto es que no fue tan completo en el caballo, pero también es cierto que no existe la faena perfecta, y que lo importante es transmitir y tener sensibilidad para cazar al sentimiento en el mismísimo instante en el que ocurre.
El toreo ha pasado por esta última década como su etapa más vulgar y decadente. Y son hazañas como ésta y como la ocurrida tanto en Jerez como hace unos días en Madrid, de las que precisa como agua de mayo. Se puso el toreo en su sitio, y en la plaza más ideal del mundo como es el marco de Sevilla. Y cierto es que podemos matizar sobre los méritos de Manzanares, que no me gusta nada con el capote, e incluso muchas veces le cuesta la misma vida despojarse de ese eléctrico amaneramiento de la que tantas veces hace gala. Y que no me gustan esos pases de pecho circulares que terminan en la solapa contraria tan forzados y faltos de naturalidad, pues el pase de pecho, como mandan los cánones, siempre fue de pitón a rabo, trazando la línea recta de la verdad, es decir, embebiendo con la panza de la muleta y barriendo los lomos del toro por los adentros, como los daba Pepe Luis. Pero esto último que matizo en estas líneas, quedó casi eclipsado durante los pasajes de muleta, pues Manzanares templó a un toro de por sí templado, y me hizo recordar aquello de lo que hablé sobre el torear despacio en el libro "De Negro y Azabache": "no se puede torear con temple si el toro no posee en sus entrañas ese temple".
Jesús Soto de Paula
